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martes, 11 de noviembre de 2008

Ansiedad



La ansiedad, el miedo, el estrés y la depresión son trastornos que cada día afectan a millones de personas en todo el mundo.

¿Qué es la ansiedad desde mi perspectiva? Una valiosa herramienta que tiene el cerebro humano para ponernos a salvo en situaciones límite, pero que se convierte en una pesadilla cuando el cerebro sigue dando las mismas respuestas sin motivo. Tratar los miedos, sobre todo los de los niños, me chifla, porque es algo tan sencillo y tan gratificante... También trato casos de depresión, obsesiones e inseguridad. Me encantan los retos y resolver problemas que parecían crónicos.

Como te decía, considero la ansiedad como una extraordinaria herramienta que tiene el ser humano (y, por cierto, también los animales), que se activa en el momento en que nuestro cerebro considera que existe un peligro real para mantener la vida. Los síntomas de la ansiedad hacen que haya una respuesta automática de todo nuestro sistema nervioso con la finalidad de ponernos a salvo. Así como el animal huye del peligro o se enfrenta a él en cuanto lo detecta, los seres humanos respondemos de la misma manera, seguimos teniendo respuestas bastante primarias... Nuestro sistema límbico creo que tiene algo que ver con esto... sudoración, taquicardia, palpitaciones, un nudo en el estómago, falta de aire, la cabeza que se embota... buff, hay mas de cuarenta síntomas relacionados con la ansiedad.

Pero, ¿qué ocurre cuando nuestro cerebro codifica algo neutro como un peligro real? Lo que ocurre es que el cerebro envía los mismos síntomas de ansiedad, esto es, de huída o de evitación, como si el peligro fuera evidente. También puede ocurrir que ante una situación de peligro real, nuestro cerebro envíe ansiedad, pero siga enviándola también una vez acabado el peligro. Esto ocurre muchas veces en el denominado Trastorno por estrés postraumático.

Nuestro cerebro tiene una característica muy importante. Cuando algo para él tiene una especial importancia, es decir, cuando se produce una respuesta emocional, sea buena o mala, el cerebro tiende a repetir esa misma respuesta ante el mismo estímulo. Algo parecido conocemos como "anclaje". Un anclaje es una respuesta automática asociada a un estímulo neutro, que se dispara ante la sola presencia del estímulo (si Paulov levantara la cabeza se asombraría de lo mucho que sabemos). Por ejemplo, las canciones o los olores son anclajes muy poderosos: olemos un perfume u oímos una canción y despiertan en nosotros recuerdos y emociones olvidadas desde hace muchos años, aquella primera novia, nuestro primer día de colegio, las famosas magdalenas de Proust... Ummm, que recuerdos...

La ansiedad funciona a través de anclajes negativos. Nos quedamos "enganchados" en respuestas automáticas asociadas al estímulo supuesta o realmente ansiógeno. Pero es que el cerebro tiene otra característica todavía más importante, para bien y para mal. Si no nos quitamos algo de la cabeza, el cerebro comienza a generalizar el estímulo a estímulos parecidos, en el significado, en la forma, en el simbolismo, en lo que sea. Cada vez hay más estímulos que provocan la misma reacción de ansiedad. Es la sensación que tiene la persona atrapada por un proceso de ansiedad, que cada vez hay más cosas, situaciones, contextos, que provocan respuestas de ansiedad. A veces la ansiedad se va a cumulando hasta que estalla en lo que llamamos crisis de ansiedad o de angustia.

Así como la ansiedad tiene relación con miedos de futuro (¿"y si me pasa tal cosa?"), la depresión está relacionada con culpas del pasado.

Gabinete de Psicología.

La tendencia que tenemos a buscar lo que nos falta y no ver lo que tenemos


Muchas veces resulta complicado tratar de definir una palabra. Uno de esos casos podría ser el de la palabra “felicidad”. Si miramos en diferentes medios, ya sea internet o algún diccionario o enciclopedia, las definiciones que nos aparecerán serán muy variadas. Y si pedimos a diferentes personas que nos digan qué es para ellos la felicidad, dado que cada persona es única, nos darán tantas y tan diferentes definiciones como personas.

Por lo tanto no voy a proponer ninguna definición, ya que todo el mundo sabemos de qué estamos hablando. Lo que sí que es cierto es que todo el mundo desea ser feliz. Y por supuesto, parece ser un deseo exclusivamente humano.

Lógicamente la felicidad es un sentimiento, y como tal podemos hacer más de lo que pensamos por obtenerla, aunque hay gente que piensa que no puede controlar ni lo que siente ni lo que le ocurre y, por consiguiente, no son dueños de su propia felicidad. Por lo tanto, partiremos de la premisa de que en gran medida somos nosotros mismos quienes determinamos nuestra felicidad, aunque por supuesto tenemos que tener en cuenta otros muchos factores que no dominamos. Es cierto que en la vida diaria la mayoría de las personas aparentamos no tener problema alguno. Y así a la pregunta de ¿Qué tal estás? O ¿Cómo van las cosas? todos respondemos “bien” o “muy bien, gracias”. Simplemente se trata de una respuesta automática, que no ahonda más en el asunto. Tenemos una tendencia que parece nos empuja a sabotear nuestra propia felicidad, para eso nos fijamos en la más mínima imperfección, en vez de fijarnos en el escenario en general. Tenemos cierta tendencia a centrarnos en lo que falta o no nos agrada, en vez de fijarnos en todo lo demás. A menudo afirmamos que lo que creemos que nos falta, resulta ser el rasgo más importante. Así que ante esta situación disponemos de tres opciones: obtenerlo (siempre y cuando nos sea posible), olvidarlo (si no es fundamental del todo) o sustituirlo (por algún otro que sea alcanzable y que nos satisfaga igualmente). No cabe otra posibilidad, ya que de lo contrario seguiremos centrados en ello. Es importante tratar de localizar o identificar qué es lo que nos falta, o lo que nos impide disfrutar de la felicidad, y una vez lo hayamos identificado, tomar una decisión al respecto que nos compense.

Por eso es muy importante aprender a centrarnos y valorar aquello que tenemos, en nuestro camino hacia la felicidad. Y tratar de mejorar aquello que nos impida lograr ese objetivo. Por poner un simple ejemplo con cada una de ellas, les hablaré de tres casos concretos. En el de obtenerla, les voy a contar el caso de mi amigo Jorge, que a los 14 años abandonó los estudios sin haber obtenido el graduado escolar. Se puso a trabajar en la empresa familiar como vendedor. Sin embargo conforme fue creciendo, el hecho de no tener el graduado digamos que le perseguía, sentía que algo le faltaba. Así que con 35 años decidió apuntarse a clases nocturnas para obtener el título. Tras 2 años combinando trabajo y estudios obtuvo el ansiado graduado escolar. Fue muy afortunado, ya que pudo determinar qué era lo que le faltaba y con mucho esfuerzo lo consiguió.

En el que se refiere a sustituirla, todos a lo largo de nuestra vida hemos sustituido alguna cosa, bien consciente o inconscientemente. En este caso me viene a la cabeza el caso de un conocido mío, que tras practicar fútbol durante más de 15 años con verdadera pasión, sufrió dos importantes lesiones de menisco que le impedían seguir jugando. De tal modo que lo que hizo fue sacarse la licencia de entrenador, que aunque la satisfacción no era igual, pero le ayudaba a no centrarse en su lesión y seguir disfrutando de ese mundo.

Y ya por último la idea de olvidarla, la relacionaría con la época en la que me divorcié. En aquel entonces, mi hija tenía 8 años, y decidimos que la custodia fuera compartida, ya que considerábamos que era la mejor opción para ella, nuestra hija. En su momento cuando llegaba la hora en la que debía ir con su padre, no me sentía muy bien, me quedaba un vació muy importante. Es por eso que me vi obligada a olvidarlo, tratando de disfrutar al máximo los ratos que pasábamos juntas. Si no toma una de estas tres opciones, permitirá que esa situación le haga infeliz.
Por Blanca Valencia