domingo, 30 de noviembre de 2008

Desasosiego, por Juan José Millás


Salí a primera hora con el carrito de la compra lleno de botellas vacías, pero cuando llegué al contenedor y arrojé la primera por ese raro agujero que parece un esfínter, me pareció escuchar un ¡ay!, como si hubiera golpeado a alguien en la cabeza. Volví a casa angustiado, sin haberme desprendido del resto. Hay tanta pobreza, tanta gente viviendo entre cartones, durmiendo en cajeros automáticos, quizá en contenedores... Tomo los ansiolíticos que usted me prescribió, sí, y la verdad es que cuando me hacen efecto le dan por el culo a la realidad. Pero incluso sedado me duele la falta de compromiso, y ese dolor me llena de una inquietud inmóvil, de una impaciencia exánime. Así que volví al contenedor de las botellas, abrí el esfínter y me asomé. No se veía nada. Pregunté si había alguien dentro. Silencio. Quizá no había nadie, o quizá lo había dejado en el sitio de un botellazo. No llamé al 112, lo que me llenó de contrición, de culpa, como cuando estoy reparando el enchufe de la cocina, que no nos hemos electrocutado de milagro, y me da por pensar en la cisterna del retrete, que gotea desde hace una semana (estoy muy concienciado también con el tema del agua). Pero hay tantas cosas a las que atender... ¿Debería preocuparme lo de Lukoil?, por ejemplo. Quiero ser un buen ciudadano, una buena persona, pero ¿y mi derecho a gozar de un poco de tranquilidad? Ahora bien, si Lukoil es de la mafia rusa, ¿no deberíamos hacer algo? También tengo una montaña de medicinas caducadas, que he de llevar a un lugar de la farmacia que se llama punto no sé qué. El mes pasado, por cierto, compré en la Red una caja de Viagra de la que luego dijeron en la tele que era falsa, aunque me funcionó. ¿Tengo erecciones falsas? ¿En qué se distinguen de las verdaderas? Esto no es vida, doctor, deme algo, pero no algo que me sede, algo que me mate.

Fuente: Periódico El País. El escritor publica una columna en la última página del periódico los viernes.